Angustia Existencial y Trascendencia: Una Perspectiva desde Heidegger
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Cuando Sam está sola en su habitación, siente un profundo vacío y una pérdida de propósito. Este momento ilustra su angustia existencial. No debemos confundir su tristeza con la angustia existencial, ya que su angustia no proviene de estar en una silla de ruedas; si así fuera, sería miedo. Lo que sucede es que estos factores la hacen perder el sentido de quién era. Heidegger define la angustia como “la imposibilidad esencial de una determinabilidad” porque en este estado solo se hace presente lo no presente, es decir, lo que se manifiesta en la angustia es la nada. La nada desiste de la totalidad de lo ente en la angustia y, al hacerlo, se da la trascendencia simultáneamente. Heidegger describe esta simultaneidad con el concepto de “a una”: angustia, nada y trascendencia ocurren juntas.
Sam experimenta esta trascendencia cuando confronta su realidad después del accidente, lo que le permite valorar desde fuera las cosas cotidianas que antes daba por hechas. No puede trascender y salir de la totalidad de lo ente por sí sola; esta trascendencia ocurre solo en el estado de angustia, cuando la nada se hace presente. La nada, de alguna manera, expulsa la totalidad, lo que muestra que hay una totalidad. Sin esta expulsión, Sam no habría podido percibir el valor de las cosas cotidianas que ahora no puede hacer debido a su condición. Cuando está inmersa en lo ente (rutina, naturalización, dar por sentado), no puede captar el todo (valor de las cosas cotidianas) porque, como todos los humanos, es un ser finito y no tiene la capacidad de captar la totalidad del sentido, ya que es parte de ese sentido.
Según la propuesta heideggeriana, esos periodos de falta de sentido (angustia) que Sam experimenta en la película no deben verse como algo negativo, sino como una oportunidad para revalorizar su dirección, evitando perderse en el impersonal “se” o en las tramas preestablecidas, permitiéndole ver más allá de lo impuesto.
Esto es importante porque normalmente nadie quiere angustiarse. Según Heidegger, emprendemos la huida mediante la ocupación constante con los entes; buscamos cosas para hacer, nos mantenemos ocupados, no nos aburrimos y estamos siempre ocupados. Pero es cuando uno se detiene que todo se viene encima, como le ocurre a Sam, quien llevaba una vida activa y ocupada hasta que sufre un accidente que la paraliza. Esta pausa forzada y la consiguiente angustia se alinean con la idea de Heidegger de que solo cuando dejamos de huir y enfrentamos nuestra existencia (reconociéndonos como proyecto y seres finitos con posibilidades) nos damos cuenta de que somos un ente libre, orientado hacia una existencia auténtica.