Renacimiento: Orígenes, Arte Italiano y la Revolución Flamenca

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Renacimiento

1. Los precedentes. El substrato italiano: Giotto

La pintura del Trecento italiano rompe con la tradición del período propiamente gótico, rígida y simbolista, y apuesta ahora por la belleza naturalista y el juego de volúmenes. En este ámbito destaca especialmente la figura extraordinaria de Giotto di Bondone. Él inicia en Florencia una auténtica revolución pictórica basada en un naturalismo sólido, de volúmenes perfectamente conseguidos, que introduce por ello la sensación de profundidad y espacio. Pintura, por tanto, de una gran vitalidad y monumentalidad. Sus mejores obras se realizan al fresco, en los muros de la Iglesia de Santa Croce en Florencia, aunque trabaja también en Asís, Nápoles, Roma… Las pinturas de Giotto prescinden de elementos meramente descriptivos o narrativos y se preocupan únicamente de lo esencial de la escena. Sus trazos son robustos y sus volúmenes sólidos. Otra característica de Giotto es su preocupación por recrear escenas con un patente tinte dramático, lo que consigue a través de sus famosos ojos chinescos, rasgados, de mirada penetrante, concentrada, profunda; de su perfecta interrelación psicológica, conseguida a través de las miradas, y sus labios entreabiertos de rictus patético. Esta concepción volumétrica es consecuencia de una utilización precisa de la luz, que modela las figuras y se convierte así, en Giotto, en un elemento compositivo esencial. Todo lo cual permite definir su pintura como solemne y monumental. Aún quedan resabios medievales a la hora de solucionar algunas composiciones, cuando conserva el sentido rígido en algunas de sus figuras e incluso al utilizar todavía algunos convencionalismos, pero la suya es una pintura de un naturalismo lleno de expresividad y vigor, en la que el ser humano adquiere un carácter protagonista.

2. La contribución de los primitivos flamencos

A pesar de la aportación italiana, el avance más importante hacia el Renacimiento será el que protagonice la pintura realizada en Flandes durante el siglo XV, cuyos pintores, los primitivos flamencos, constituyen una auténtica revolución, tanto por sus valores formales como por sus novedades técnicas, entre las que destaca la utilización del óleo, o lo que es lo mismo, el uso del aceite como aglutinante. El óleo, utilizado por estos pintores con indudable maestría, permite crear veladuras, como velos de luz a modo de transparencias, conseguidas a base de superponer pinceladas, que otorgan a las obras un brillo y una minuciosidad nuevas. Aunque esta técnica ya era conocida desde la época medieval, es ahora cuando adquiere una calidad peculiar, aportando a la pintura valores de finura y especial delicadeza, texturas perfectas en los objetos y calidades brillantes, que los hacen hiperreales. Algunos de los autores más importantes son: Jan Van Eyck y Roger Van der Weyden.

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