Transición al Helenismo: Transformación de la Polis Griega Clásica
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1. La Transición al Mundo Helenístico
En primer lugar, es crucial comprender las características principales de la polis griega clásica. La civilización griega clásica concebía la sociedad, la polis, como una verdadera comunidad, una entidad armónica (sin conflictos de clase) y cohesionada. Sus miembros se sentían profundamente unidos, considerándose partícipes de una unidad de destino, tanto en la vida como en la muerte. Las diferencias sociales entre los individuos (su ghénos o tribu, su condición nobiliaria o plebeya, su distinta fortuna) carecían de relevancia frente al estatuto de la ciudadanía. Esta condición de ciudadanos los hacía a todos iguales bajo la autoridad de una misma ley común (isonomía) y permitía la participación de todos, incluyendo al pueblo (el demos), en el gobierno de la ciudad (isegoría).
Esta polis se constituía como una comunidad republicana (“repúblicas de la Antigüedad”, las denominaba Rousseau), una res publica orientada al bien común, al bien de la polis entera, por encima de los intereses particulares de sus miembros. Este modelo político y social llegó a su fin con la creación, por parte de Filipo II, rey del atrasado y semi-bárbaro reino de Macedonia, de una monarquía panhelénica. Tras la batalla de Queronea, esta monarquía acabó definitivamente con la libertad y la autonomía de las polis de la Grecia meridional. Los orgullosos habitantes de las polis pasaron de ser ciudadanos a meros súbditos de facto de su autoridad. Si la libertad del ciudadano se cifraba en su derecho a la participación en los asuntos públicos y en la igualdad ante la ley, la condición de súbdito los reducía a la servidumbre, sometidos a una autoridad ajena, superior y, además, extranjera.
La posterior epopeya de su hijo, Alejandro Magno (que desembocó, tras su muerte y el desmembramiento del inmenso, aunque efímero, imperio por él creado, en la creación de los grandes reinos helenísticos regidos por sus generales, los diádocos o sucesores), terminó por desechar el que, sin lugar a dudas, fue el más bello ideal legado por Grecia a la posteridad: la posibilidad de autoconstitución de una comunidad política en la que ciudadanos iguales ante la ley y confiados en el poder de la razón se afanan en alcanzar el bien común de ésta.
Desaparecido el mundo clásico, Aristóteles llegó a asistir, en las postrimerías de su existencia, al nacimiento de una nueva época: el periodo helenístico. El helenismo es una etapa de la historia de la Antigua Grecia que se extiende, estrictamente, desde la muerte de Alejandro en el 323 a. C. hasta la firma de la paz de Apamea entre Roma y Antíoco III en el 188 a. C. (aunque para algunos se extiende hasta la batalla de Accio en el 31 a. C., en la que la última lágida, Cleopatra VII, fue derrotada por Octavio y Egipto se incorporó a Roma). En este periodo, se produjo una profunda transformación de la civilización griega en todos los ámbitos y aspectos de la vida, tanto individual como social, tanto política como cultural. A continuación, se detallan los principales cambios que acontecieron: